Por: Francy Buitrago Monsalve

En el momento de escribir éste texto, alrededor del 85% de los educadores públicos de los niveles de educación básica y media de Colombia desde el 11 de mayo nos encontramos en paro de actividades laborales, han pasado 3 meses desde que Fecode - Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación-, radicó el pliego de peticiones (28 de febrero del año en curso), y aún no se han llegado a acuerdos con el Gobierno, ni siquiera se avizoran, lo más triste es que los motivos no son nuevos, pues este como los múltiples paros de los maestros que ha tenido Colombia a través del tiempo, tiene como causas fundamentales la falta de financiación estatal de la educación pública colombiana y la lucha en pro de la dignificación de la labor docente. 

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"Una ausencia de libertad, razonable y democrática, señal del neoliberalismo técnico, prevalece en la educación colombiana hoy institucionalizada"

Por: Mg Jorge A. Valencia G.

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Por: Juan Manuel Ospina

El título es un viejo dicho colombiano (¿solo colombiano?) que, tristemente, no ha perdido vigencia y que vale la pena traerlo ahora a colación para recordarle a este país de alma santanderista, que la multitud de leyes que acá se expiden, en el mejor de los casos sirven como púdica hoja de parra para ocultar nuestros problemas, para acallar las críticas pero no para resolverlos. Es lo que sucede ahora con una realidad dramática que  empieza a asomar cabeza, la desbordada y multiforme corrupción, en el espacio abierto por los acuerdos habaneros para retomar temas dejados de lado por décadas que permita  un renacer del  debate político  conectado  con los problemas de la gente, en mucho marginados por la interminable e inútil guerra.

Empiezan a escucharse los pregoneros de  proyectos de ley que “ahora sí, definitivamente”  van a acabar con la corrupción, como si  fuera  sencillo  desaparecerla con  la varita mágica de otra ley. Detrás de esas posiciones hay una enorme ignorancia o un afán de impactar a la opinión porque los proponentes, como el culebrero, tienen la pomadita que  cura todos los males; probablemente se trata de  una mezcla de ambas adobadas con la irresponsabilidad de prometer lo que no va a ser. Olvidan un principio lógico fundamental y pedestre,  para un problema complejo no hay soluciones simples, cuasi milagrosas.

La corrupción no se debe a  un supuesto vacío legal. Viene de muy atrás, desde siempre en la historia humana, del sentido último  de la búsqueda del poder que para la inmensa mayoría de los humanos, de hoy y de siempre, no tiene otro propósito que poderse  colocar por encima de los demás, por encima de la ley, la cual  solo sería  “para los de ruana”, para vivir y actuar, a “su aire” obedeciendo sol a “su ley”, en la lógica de “sigo siendo el rey”. En tiempos de monarquías y absolutismo,  era  privilegio de pocos y  terminó con la cortada de  más de una cabeza coronada, abriéndole el camino a formas democráticas menos arbitrarias,  sujetas al imperio de leyes generales que partían de la igualdad formal, jurídica de los ciudadanos.

Ese régimen secularizó a la sociedad y sustituyó  la moral religiosa y familiar, con sus códigos de sanciones sociales y morales, con  una ética ciudadana basada en el poder coercitivo del Estado dispensador de justicia y con el poder para  castigar y sancionar en nombre de la república, de la sociedad. Era la ética de la modernidad, positivista y normativa, que educaba pero sobre todo castigaba con el enorme poder carcelario del mundo actual, de Norte América a Rusia, de Colombia a Sur África; cárceles  repletas de pequeños infractores o de enemigos políticos, pero donde los ladrones perfumados, los de cuello blanco, brillan por su ausencia, aunque su historial de fechorías sea monumental. El resultado de esa modernidad en crisis es el actual  vacío existencial, ético; la razón en el fondo es sencilla de enunciar pero difícil de transformar: la Modernidad implicó una secularización sin una ética asumida, interiorizada.

En el mundo secularizado, pero especialmente en la América Latina, el avance de la corrupción tiene la dimensión de una marejada que amenaza con arrasar y no porque la revolución informática y de las comunicaciones visibilice más y mejor toda la porquería que se mueve debajo de la mesa, sino porque nunca había circulado tanta riqueza como ahora, mientras que el Estado neoliberal aparece impotente y el mercado, que se suponía que lo sustituiría en el ordenamiento de la sociedad, simplemente no discrimina entre la transacción legal y la ilegal; se podría decir parodiando a los curas, que un mercado libre es una ocasión de pecado.

La realidad es la de un enorme vacío ético y político que no se arregla con más leyes, por bien intencionadas que sean. Requiere un gran sacudón de la política, que los ciudadanos se planten firmes y digan basta de la robadera por una dirigencia moralmente indigna; Rumania está dando ejemplo. Es el momento de salir de la apatía, parálisis o fatalismo en que cayeron las Iglesias, los educadores, los medios de comunicación - hoy convertidos en celestinas de los pillos, que los controlan o sobornan -, los jóvenes y las mujeres que tienen claro que  lo actual amenaza el futuro, que ellas y ellos buscan proteger por encima de todo. Esto no se arregla solo legislando y el tiempo se agota.

Fuente: http://www.elespectador.com/opinion/la-ley-es-para-los-de-ruana-columna-680101

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Los niños son siempre oportunos como herramientas de persuasión en los debates políticos. Este recurso argumentativo no es nuevo. Se hizo famoso durante la guerra fría cuando Estados Unidos y la Unión Soviética lanzaron su guerra mediática sobre el mejor sistema de gobierno. La Unión Soviética publicitó la felicidad, obediencia e inocencia de sus niños, y la opuso a los vicios y el racismo al que estaban expuestos los estadounidenses. Por su parte, el país norteamericano mostró a los suyos en la tranquilidad de sus bienes materiales, mientras los soviéticos eran representados con muebles rotos y sin juguetes. En últimas, mensajes parecidos con distintas banderas.

Esta forma de usar a los niños se trasladó del mercadeo político a la instauración de políticas públicas. El argumento más poderoso para prohibir los matrimonios interraciales en Estados Unidos fue precisamente el futuro de los niños. ¿Cómo podría enfrentarse a un mundo racista y hostil un pobre niño de raza mixta? En lugar de combatir el racismo, lo mejor, creyeron muchos hasta hace muy poco, era evitar que si quiera un niño multirracial existiera. Algo muy parecido nos pasó hace unos meses en Colombia cuando se debatió la adopción por parte de parejas del mismo sexo. En vez de hacer campañas contra la homofobia y discriminación, algunos dijeron que lo mejor era evitarles a esos pobres niños sentirse mal en el colegio.

En nuestro país el discurso sobre la niñez es cada vez más recurrente, y son los grupos de derecha quienes usualmente lo traen a la luz. Para hablar de cadena perpetua, de currículos educativos, de adopción, de contenido televisivo siempre aparecen en el debate esas pequeñas voces inocentes. Voces que se olvidan a discreción cuando no conviene políticamente. La noticia de los niños violados por el sacerdote William Mazo y la ridícula explicación por parte de la Arquidiócesis de Cali pasó inadvertida entre aquellos que siempre se han autodefinido como defensores de la niñez. Muchos han llamado la atención sobre su silencio. Aunque lo cierto es que, en la gran mayoría de debates, por no decir en todos, los niños deberían permanecer por fuera, o por lo menos en su calidad de “entes indefensos”. Los niños son verdaderos miembros de la sociedad y hay que o darles voz o dejarlos de manosear también en política.

Fuente: http://www.elespectador.com/opinion/armas-inocentes-columna-680093

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El primero de febrero de 2017 se realizó un mitin en apoyo a SINUVICOL  (Sindicato de la empresa de seguridad privada G4) y SINTRAVIDRICOL donde están despidiendo trabajadores especialmente los sindicalizados. Este mitin fue convocado por la CUT.

Miembros  de nuestra Junta Directiva asistieron como muestra de solidaridad moral por nuestros sindicatos hermanos.

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